Augusto Pinochet, dictador condenado por
la historia y la opinión pública mundial
El ex dictador que asoló Chile durante
17 años con un poder omnímodo, no está
más en el mundo de los vivos. Como la
mortaja no tiene bolsillos, se fue sin
los millones de dólares robados y, sobre
todo, partió sin la aprobación ni piedad
de los chilenos.
por: EMILIO MARÍN
Muchas personas que a lo largo de su
vida no han sido precisamente buenos
tipos suelen gozar del beneficio de la
piedad del próximo cuando expiran.
Lástima, consideración o falta de
memoria, en ese momento postrero los
demás no enfatizan en los peores
recuerdos.
Pero con Augusto Pinochet Ugarte, el
déspota trasandino que gobernó con mano
de hierro Chile entre 1973 y 1990, no
ocurre eso llego el día del balance
global. Murió el domingo 10 y tanto en
su país como en el mundo la mayoría dijo
o pensó para sus adentros, “por fin, uno
menos”.
Siendo esa la corriente abrumadoramente
mayoritaria, no quita que una minoría
rabiosa lo haya llorado en la puerta del
Hospital Militar y luego le haya rendido
homenaje en la Escuela Militar. Eso,
lejos de disimular la orfandad política
del occiso, la realzó en punta de pies.
En verdad éste venía remando en soledad
hace tiempo, desde que perdió su último
peldaño del poder, en 2001, cuando
renunció a la banca de senador vitalicio.
Ese fuero lo había preservado de muchos
procesos pero no del escarnio de estar
503 días detenido en Londres a petición
del juez español Baltasar Garzón, que
demandaba su extradición por genocidio y
torturas.
Por eso el certificado de defunción de
“Pinocho” dirá que murió el 10 de
diciembre por un infarto de miocardio.
Pero la verdad es que empezó a morir el
5 de octubre de 1998, cuando en su amada
Londres, a la que tanto sirvió contra
Argentina durante la guerra de Malvinas,
quedó detenido por 79 desapariciones,
entre ellas las de españoles
desaparecidos en Chile y chilenos
desaparecidos en Argentina.
Después de 18 meses pudo regresar a su
país, gracias a las colaboraciones del
gobierno chileno de la Concertación
Democrática (democristianos y
socialistas) presidido por Eduardo Frei,
del propio gobierno y justicia españoles,
y de Anthony Blair, otro socialista a la
violeta, particularmente de su ministro
de Interior, el medroso Jack Straw.
Pero ese retorno no tuvo nada de
triunfal, más allá del detalle de que el
supuestamente “demente senil” pudiera
incorporarse de su silla de ruedas y
caminara por sus propios medios en el
aeropuerto santiaguino. Un gesto para la
tribuna, como el de esos boxeadores que
han sufrido una piña tremenda y sonríen
para el jurado como diciendo que no les
dolió, pero están conmocionados. El
dictador que volvía de Londres en marzo
de 2000 estaba terminado políticamente.
Y confirmando ese dictamen de la
historia, le llovieron varios juicios
dentro de Chile por violaciones a los
derechos humanos, por la “Caravana de la
Muerte”, la “Operación Albania”, “el
Plan Cóndor” y otros delitos de lesa
humanidad.
Parafraseando a Osvaldo Soriano se pudo
decir de él, “Triste, Solitario y
Final”.
Las gambetas
Con semejante prontuario, parece mentira
que ese delincuente haya podido llegar a
los 91 años, viviendo en su mansión de
Dehesa y morir por un problema del
corazón en el Hospital Militar. Un
detalle del velorio revela el porqué de
esa impunidad en tribunales. Es que se
le rindieron honores militares
correspondientes a un ex comandante en
jefe, invocando los reglamentos
militares. Esa fue la orden de la
presidente Michelle Bachelet dada a
conocer por el vocero Ricardo Lagos
Weber, hijo del ex mandatario que
culminó su mandato el año pasado.
Semejante genuflexión ante el sátrapa
muerto y los oficiales pinochetistas que
siguen ocupando altas posiciones en el
arma, entre ellas el jefe de la
institución, general Oscar Izurieta, dan
la clave de porqué la justicia nunca
pudo poner entre rejas al reo de
centenares de causas pese a la montaña
de pruebas en su contra. La Concertación
le ayudó a gambetear a la justicia.
Cabe recordar que Pinochet llegó al
Palacio de la Moneda no sólo montado en
el aparato militar de 1973 y el apoyo
del Departamento de Estado
norteamericano a cargo de Henry
Kissinger. Partidos como el
Democristiano de Frei (padre) y Patricio
Aylwin, dieron su cobertura al golpismo.
Y más aún, cuando la dictadura se
resquebrajó y cedió su paso a la
democracia, bien que vigilada, en 1990,
pactó con el viejo dictador una
“transición” con sabor a impunidad.
Una de esas condiciones era que el
general seguía con las riendas del
Ejército en sus manos ensangrentadas, lo
que sucedió hasta 1998, cuando lo
designaron como “comandante en jefe
benemérito”. Y luego asumió como
“senador vitalicio”, creación monstruosa
de la constitución reformada por la
dictadura.
Aylwin y su sucesor Frei (hijo)
respetaron a rajatabla lo convenido con
el ex dictador. Incluso lo hizo el
socialista Lagos, quien sobre el final
de su mandato logró reformar ese aspecto
más aberrante de las senadurías. Pero
tanto él como su sucesora Bachelet han
mantenido las líneas maestras del viejo
pacto, invocando la “reconciliación
nacional” y la “mirada hacia el futuro”.
Esa malla protectora explica que en
Chile haya sólo diez ex represores
detenidos. ¿Acaso 17 años de una
dictadura feroz se mantuvieron en base a
diez asesinos?
Según el reporte de la Comisión Rettig,
de 1991, durante el pinochetismo hubo
3.197 desaparecidos y asesinados, más
28.000 prisioneros que sufrieron
torturas. Los organismos de derechos
humanos trasandinos tienen estadísticas
más anchas, sobre todo en materia de
presos, pues sostienen que hasta 300.000
personas pasaron por las prisiones de la
dictadura. ¿Y sólo 10 condenados?
A no reírse
Más de un argentino puede caer en la
tentación de comparar la situación de
los represores de uno y otro lado de los
Andes y sacar como conclusión que en
Argentina las cosas son mejores.
Esa opinión es válida sólo en un aspecto.
Aquí hubo juicio a los ex comandantes,
borrado de hecho por los indultos
menemistas. Y generó, como compensación,
la impunidad para el grueso de los
genocidas: las leyes de Punto Final y
Obediencia Debida.
Entre 1983 y 2003 rigió básicamente la
impunidad para la lista de 1.357
represores inventariada pero no
publicada por la Conadep, salvo para
delitos como el robo de menores. Recién
en agosto de 2003 se anularon aquellas
dos leyes y se reabrieron las causas más
importantes, entre ellas las de la Esma
y el Primer Cuerpo de Ejército.
En nuestro país hay aproximadamente un
millar de causas en trámite y unos 230
ex oficiales detenidos, aunque la
mayoría en arresto domiciliario. En
estos aspectos la comparación relativa
favorece a Argentina.
Pero no hay que sobredimensionar las
cosas ni reírse del retraso chileno. El
genocida mayor, ex general Jorge R.
Videla, tiene 81 años y aunque está bajo
arresto domiciliario desde 1998, aún no
ha ido a juicio. Emilio E. Massera,
Luciano B. Menéndez, Antonio D. Bussi,
etc, tampoco han sido sentados ante la
justicia para escuchar un dictamen de
reclusión perpetua por genocidio como el
recibido por el ex comisario Miguel
Etchecolatz. O la justicia argentina se
pone las pilas de una buena vez, o
Videla puede terminar como su amigo “Pinocho”:
muerto sin condena legal, simplemente de
viejo o enfermo.
Volviendo al chacal chileno, está archi
probado que su régimen tuvo inspiración
política estadounidense y de las
minorías oligárquicas. Ya se dijo
cuántas víctimas hubo entre ultimados y
desaparecidos, pues también allí
funcionaron los “vuelos de la muerte”.
Es que su dictadura y las del resto del
Cono Sur pusieron en práctica el “Plan
Cóndor” de coordinación represiva
regional, con la complicidad de
Kissinger, la CIA y los instructores de
la “Escuela de las Américas”.
Además de derramar tanta sangre para que
las multinacionales hicieran sus
negocios, Pinochet fue un ladrón. Quedó
probado que había abierto cuentas
secretas en el Banco Riggs de EE UU
donde acumuló 27 millones de dólares mal
habidos. El último descubrimiento fue
que en una entidad bancaria de Hong Kong
tenía 9.500 kilos de lingotes de oro,
equivalentes a 160 millones de dólares.
El ex dictador hizo negocios en medio de
su cruzada contra el comunismo. Algunos
medios, como “La Nación” de Buenos
Aires, lo han comparado con Fidel
Castro. Una inútil difamación: se
comparta o no la ideología del
presidente cubano, es un estadista y no
un ladrón. Castro fue absuelto por la
historia, que a Pinochet le bajó el
pulgar.