|
El Diario de
La Prensa, de Nicaragua, también se montó este domingo
en el carro de la más reciente campaña satanizadora
contra Cuba: las supuestas medidas del gobierno de la
Isla para reforzar el control de Internet. Oyó campana,
e hizo sonar las suyas. Según el periodista, salvo en la
Isla, “comunicarse, informarse y educarse son
actividades que ahora están al alcance de cualquier
grupo, de cualquier persona que pueda comprar una
computadora y abonarse a los servicios de información, o
aprovechar la diseminación de los pequeños negocios que
ofrecen la conexión ocasional a precios razonables, y
los llamados kioscos tecnológicos que pueden instalarse
hasta en los lugares más alejados de los principales
centros urbanos de la nación.”
Es fácil imaginar la expresión de un lector nicaragüense
con un mínimo de sentido común: ¿de qué habla ese señor,
si en el país centroamericano apenas el 0,04 por ciento
de su población accede a la red de redes?
Lo extraordinario es que, en la guerra mediática que
marcha en función de los prejuicios y se enajena de la
realidades, pocos se detienen un instante a contrastar
las informaciones. No solo con las realidad de sus
propios países –salvo Estados Unidos, ¿qué otra nación
del mundo puede hablar de acceso masivo a la Internet?-,
sino con lo que realmente ha acontecido en Cuba desde
que en 1994 el Departamento del Tesoro norteamericano,
por real decreto, aceptó autorizar a la isla caribeña el
acceso a los servidores norteamericanos, con un
condicionamiento político, en el contexto de la Ley
Torricelli: ayudaría a “democratizar” la sociedad cubana.
Ese acceso, además de tardío, ha sido lento y altamente
costoso, y no por voluntad de los cubanos que estaban
preparados desde la década del 80 para dar grandes
saltos en la computación y la interconexión a redes.
Tener en cuenta este elemento es clave para entender lo
acontecido en la Isla en torno a este tema, a pesar de
los duros años de Período Especial y de recrudecimiento
oportunista del bloqueo norteamericano. Supondría
reconocer que en al memoria social del profesional
cubano, la red de redes es un suceso con muy corta edad.
Como ha pasado en otras sociedades, la telaraña nacional
no se ha creado automáticamente, sino que ha ido
tejiéndose en la medida en que se desarrolla la
infraestructura y se articula una cultura informática.
Aún así, ese proceso se ha producido de manera
vertiginosa en Cuba. Los datos son abrumadores. Hoy el
65 por ciento de los 270 000 procesadores están
interconectados y existen 480 000 cuentas de correos, en
una población de 11 000 000 de habitantes.
La estrategia que se ha seguido tampoco ha sido la
usual. En vez de priorizarse un mercado residencial y
empresarial que genera notables dividendos económicos a
las compañías de telecomunicaciones y a los proveedores
internacionales, el desarrollo intensivo se está
produciendo en las redes sociales, en particular en
aquellas relacionadas con servicios esenciales como la
educación y la salud. Cualquier cubano sabe que todos
los niños y jóvenes del país tienen acceso a la
computación, incluso los más pequeños que asisten a un
círculo infantil o los que viven en zonas apartadas
donde hay una escuela para un solo alumno. Ahí hay una
inversión de futuro muy clara en las estrategias de
desarrollo de Cuba.
Esta nueva campaña de tergiversaciones y mentiras, que
se desató tras una carta interna a usuarios de un
proveedor local, ha ignorado deliberadamente que no solo
los accesos son cada vez más multitudinarios, a pesar de
los altos costos de la conexión internacional, sino que
la Internet es prácticamente el soporte más expedito que
tiene Cuba para dar sus puntos de vista al mundo. Los
medios tradicionales nos censuran brutalmente, y la red
parece estar hecha a la medida de una nación como Cuba,
el único país realmente alternativo del hemisferio
occidental. El conocimiento y el acceso a la red no solo
no es tema de restricción, sino que es un reto
tecnológico y social de máxima prioridad política.
Al contrario de lo que dice la nueva oleada de calumnias
que ha sobredimensionado lo que solo fue una medida
interna para proteger y dar mayor seguridad a las redes
informáticas, las regulaciones cubanas pretender
disuadir a delincuentes que se dedican a sabotear el
destino social de la red, robando y revendiendo accesos
a través de las líneas telefónicas y utilizando
fraudulentamente este servicio.
No va contra el acceso mayoritario, sino a favor de él.
|